Aristóteles clasificaba la amistad en tres tipos: por utilidad, por placer y la perfecta. Iba algo así:
Las amistades por utilidad —que no significa que estás usando a alguien— son aquellas que aparecen porque existen beneficios mutuos. Se dan mayormente en el trabajo o en conexiones laborales, con personas con las que compartes proyectos pero sin un vínculo especial. Suelen ser temporales, porque dependen de condiciones específicas.
Las amistades por placer —que organizo así por importancia sentimental y jerarquía— son aquellas que conoces en espacios donde convergen tus aficiones o hobbies. Personas agradables, divertidas, con las que da gusto compartir momentos y actividades. También son temporales, porque dependen de cuánto duren esos hobbies o del placer, que a veces es efimero.
La amistad perfecta o de virtud, entonces, es la que se da entre personas que se aprecian por lo que son en esencia: por sus virtudes, valores y carácter. No depende de los beneficios ni del entretenimiento, sino del deseo del bien para el otro. Algunos los llaman “amigos cactus” ahora, y suelen ser duraderos.
Hago este preámbulo porque la amistad, para mí, es una de las cosas más importantes: decisiones que marcan no solo tu forma de pensar y comportarte, sino tu vida completa. Me declaro una mujer afortunada: estoy rodeada de personas maravillosas, buenas y especiales. Pero con el paso de los años aprendes algo increíble: algunas amistades se quedan en un “para siempre” distinto, uno que no siempre acompaña físicamente, sino que vive en el corazón y la memoria.
No todos los “para siempre” llegan a su fin por algo específico o traumático. Algunas veces, simplemente, esa relación llegó hasta donde debía llegar. Ya no eres la misma persona, y tu nuevo yo y el nuevo yo del otro no pueden formar un nosotros; aunque quieras, parece pesado llevar cargar con esa relación.
No todos los “para siempre” terminan con alguien de la mano. Resignificarlos también es parte de crecer: entender que no todos siempre estarán ahí como quieras, que no siempre podrás estar como quieres tú. Pero que siempre mirarás con amor, ternura y respeto a quienes te acompañaron, quienes vivieron contigo etapas irrepetibles y formaron la persona que eres hoy.
Yo tengo muchos “para siempre” en mi memoria: amigos increíbles que cumplieron el propósito y siguieron su camino. Cambiar es casi siempre un acto involuntario, y en algunos casos ni lo notas hasta que miras atrás: ves cómo reaccionaba tu yo pasado a situaciones, momentos, personas; cómo pensabas sobre ciertos tópicos, cómo te relacionabas e incluso cómo respondías a los demás.
He hecho las paces con el cambio, procuro adaptarme pronto y también hacer ese ejercicio, porque busco ser mejor, y la mejoría solo llega cuando te expandes y creces. El crecimiento te transforma, y entonces te toca hacer las paces con que tus decisiones pasadas —incluidos amigos— no son las decisiones que tomarías ahora, aunque no te arrepientas.
He dicho adiós en silencio, he dicho adiós haciendo ruido. No relleno espacios con personas ni busco espectadores de mi vida. Soy lo que soy hoy porque no puedo firmar en papel lo que seré mañana, y con ello elijo a quienes han hecho ese pacto con mi alma de compartir un “para siempre” hasta que se termine.
Octavio Paz escribió:
«La amistad es un río y un anillo.
El río fluye a través del anillo.
El anillo es una estrella fija, el río un ardiente desvarío.»
La amistad es, entonces, algo a la vez fluido y eterno: movimiento y permanencia.
Digo siempre que tengo un corazón enorme, y no por bondad, sino en longitud, y que me entrego desmedidamente a las personas que se roban esquinas de él. Pero los años pasan, voy cambiando con él y sus enseñanzas, aprendo que, aunque queramos mucho, no todos son para todos. Cuidar de ti, tu espacio, tu energía, lo que eres y lo que consumes a tu alrededor jugará un papel mayúsculo en la persona que te estás convirtiendo.
Así que, desde hace un tiempo, evalúo mis “para siempres”: los coloco donde deben ir y no donde quisiera que estén. Algunos van en mi memoria; otros me van agarrando la mano.
Adiós ¿para siempre?
Un día dolió —no tanto— decirle adiós a quien sostenía mis llantos. Abrimos un abismo y, para mí, dejó de ser azul el cielo a su lado. Dejó de parecer conversaciones nuestros encuentros y era todo gris y truenos. Sin saberlo, miraba al suelo y no a sus ojos; mi cuerpo se encorvaba a su lado y la risa —¡oh, la risa!— que un día marcó este pacto, ya no estaba. Nos habíamos olvidado de reír en compañía.
Mis sonrisas chuecas empezaron a pasar desapercibidas porque tus ojos tampoco me buscaban. Dejamos de vernos a las caras y, en los textos, viajaban hielos. No había rencor, dolor ni odio, pero tampoco amor.
Dijimos adiós en silencio, empezamos a aplaudirnos a lo lejos, tan lejos que la otra persona no escuchaba entre el público aquel sonido. Y así, ese “para siempre” llegó a su fin, y con él, las charlas, los secretos, las risas en mayúscula, el amor sereno, la certeza de que nos elegimos contra todo pronóstico.
Y lo entendí:
Para siempre no es para toda la vida.

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