La antesala del olvido

La antesala del olvido

“Lo que sí deja el cuerpo y el alma son las personas a las que despedimos.”

Me gusta citar autores, disfruto la lectura y es uno de mis grandes inspiradores, pero hoy, hoy quiero citarme a mí misma. Hace un tiempo escribí sobre olvidar, que para mí tiene solo dos formas: o lo haces como quitar una curita, que al día siguiente ya no sientes el dolor, o es como levantar una esquinita de la piel, que tarda más en irse la molestia, pero un día, sin más, hay piel nueva sin siquiera darte cuenta.

Hace un tiempo escribí esto:

Extrañar
La Real Academia Española lo define como “sentir una falta”.
Me parece gracioso que extrañar y sentir siempre estén tan cerquita,
como si no pudiesen existir sin la propia existencia del otro.
Como el odio que precede a un amor intenso,
o como aquel asco insoportable que se muda a la garganta
cuando lo que gustaba… dejó de gustar.

Extrañar —¡ay, extrañar!—
los nervios que toca, los nudos que produce
y lo poco que dura viviendo en el cuerpo.
Justo, justo cuando te estás por acostumbrar a sentir la ausencia… desaparece.
Y aquello que algún día fue un pensamiento recurrente,
no es más que un esfuerzo infinito
cuando alguien pronuncia el nombre olvidado.

Extrañar: la antesala del olvido.

Digo que empecé a escribir sobre extrañar porque olvidar estaba entre las sábanas. Al final, extrañar siempre será un camino que no se sigue para siempre; es como aquella calle roscosa que, al final, te lleva a un paraíso.

A lo largo de mi vida, y supongo que a lo largo de la gran mayoría, hemos tenido que dejar muchas cosas atrás, a veces porque queremos, otras veces porque lo necesitamos, y en medio de esas cosas, ponemos el pie derecho en extrañar y el izquierdo en olvidar.

Para algunos, toma unos días más, para otros, unos días menos. Para mí, que no cuantifico el amor y soy una mujer que vive intensamente, ama intensamente, se entrega desde la raíz y olvida con convicción, si no es aquí, será en otra parte. Así, los adioses siempre terminan convirtiéndose en la esperanza del saludo a un futuro: ¿mejor? ¿peor? ¿atrevido? ¿especial? No importa la categoría en la que nazca; tener la ilusión del mañana es mejor que quedarse entre las sábanas con el ayer.

Olvido el amor, pero no el sentimiento; olvido el querer estar, pero no cómo se sintió estar ahí. Y, en la mayoría de los casos, olvido mientras las palabras “adiós” o “entiendo” salen de mis labios.

Isabel Allende dice: “Uno no se despide de la memoria, se despide de las personas”, y es justo lo que pienso. Las cosas que sentimos por los demás en algún punto, los momentos a los que nos llevaron, las sensaciones que despertaron, viven en un espacio de nuestra memoria donde, con el tiempo, perecen —en algunos casos efímeros— y otras veces simplemente echan raíces. Lo que sí deja el cuerpo y el alma son las personas a las que despedimos.

Extrañar es una sala confusa: entras y no hay sillas si quieres sentarte, y se acaba el piso cuando quieres caminar, porque el propósito es incomodarte, hacerte sentir algo, removerte el cuerpo con tal de que recuerdes de qué estás hecho y cuáles espacios de ti has estado ignorando. Sin embargo, después de mucho mirar —lo que sea que mucho signifique para ti— se abre una puerta en una esquina y dejas de sentir que el tiempo se detuvo. Vuelve el suelo a colocarte en el mundo, y puedes ver desde afuera que lo extraño se quedó de pie en aquel salón.

Algunas veces golpeas fuerte la puerta a la salida, otras cierras con amor. Y cuando aún llevas en las suelas de los zapatos un pedazo del cuarto, dejas una esquinita abierta para poder volver a extrañar. Si me preguntan, azotar la puerta es la opción A y cerrarla con amor es la Z; los términos medios nunca nos hacen sentir enteros. No significa que quiera más o menos que cualquier otro, sino que coloco al instante el amor y el olvido en el lugar que van.

Unas veces rápido, otras más lentito, pero extrañar no es un sentimiento en donde me quedo a vivir.

Lo que quiero decir, al final, es que extrañar y olvidar, ambos, en igual medida —uno como emoción y otro como proceso— deben vivirse a plenitud, porque jamás convierten su visita en una estancia perpetua.

Y tú, ¿extrañas siempre? ¿Olvidas rápido?

Sé que vienes


Ya sé que estás cerca, lo siento en la nuca, me lo avisa la piel que se eriza, los latidos que me aceleran el cuerpo. Conozco tu pisada a lo lejos, reconozco cuando el aire se inunda con tu olor y yo me envuelvo en él.
Soy torpe y descuidada, pero para ti no; a ti te conozco los lunares, distingo las zonas en ti que al tacto sangran, que al acariciarlas crecen, se expanden, ríen, lloran.
Y quisiera olvidarlas, quisiera no saber que vienes, quisiera que el aire no cambiara de olor, de textura; quisiera que no se hiciera denso, que no me apretara la espalda y que no me susurrara al oído que eres tú, y que nadie nunca volverá a mover el mundo así.
Pasaste así, atravesaste mis espacios, llenaste vacíos y tatuaste toda tu maldita existencia en mi cuerpo. Puedo, a oscuras, encontrar tus ojos, atinarle a tus labios sin tenerte cerca. Puedes, sin tocarme, moverme de lugares tristes y transportarme a donde solo suenan los latidos en tu pecho.
Y ojalá no soñarte así, y creer que siempre vienes, cuando soy solo yo la que te busca en todas partes, la que reproduce cada tanto tu olor, tu sabor, tus silencios, tu ruido… y me inundo tanto ahí, que siempre parece que vienes por mí, aunque ya nuestros pasos vayan en direcciones opuestas.

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