La nostalgia

La nostalgia

Cuando intento hablar sobre la nostalgia, recuerdo, ipso facto, la palabra déjà senti, un fenómeno más raro que el déjà vu y que significa “ya sentido” en francés. Se trata de la sensación de haber sentido antes una emoción o un sentimiento que estás experimentando en ese momento, aunque nunca lo hayas vivido realmente.

Muchos somos los que escribimos sobre la nostalgia, y muchas veces es ella la que alimenta nuestros textos. Hay lugares a los que hemos llegado sin movernos; no responden a ninguna coordenada, no responden a lo físico. Basta con un olor, una canción o un sabor para que, de pronto, estemos otra vez en esos lugares. Un territorio invisible, lleno de pasado, presente y, algunas veces, de deseos futuros, al que llamamos nostalgia, y en el que habitan todas las cosas que fuimos y que somos.

Escribir sobre la nostalgia siempre ha sido como agarrar esa taza que amas, que usas en ocasiones especiales porque sabes que no quieres perderla. Es el mismo amor, el mismo cuidado, porque una vez que entras, una vez que las puertas de este sentimiento se abren de par en par, no sabemos cuándo volveremos a cerrarlas.

Para mí, más que un espacio lleno de pasados, la nostalgia me llega siempre en las primeras veces que vivo algo, indistinto si es sentimental o no. Por eso no puedo dejar de pensar en el déjà senti, porque mi cuerpo guarda sensaciones vividas y las reproduce, a veces para arrullarme y otras para colocar un puñal en mi garganta.

Milan Kundera escribió que “la nostalgia no es el deseo de volver al pasado, sino el deseo de volver a un momento en el que nuestras vidas parecían tener sentido”. Quizás por eso, cuando recordamos con nostalgia, nuestra mente siempre busca el estado en el que mejor estuvimos: los momentos en los que más fuimos queridos, abrazados, los momentos felices. Todo lo demás —lo triste y lo oscuro— se queda detrás de una puerta, como aquel que esconde sus más grandes miedos con tres candados.

La risa que ya no suena. La voz que ya no recuerdas. Algunos nombres que quedaron en el pasado. Algunas cosas que recordamos como queremos y no como fueron. El sentimiento de nostalgia, la tristeza por lo que recordamos como bueno. Y es ahí a donde todos, alguna vez, viajamos.

Haruki Murakami lo insinúa cuando escribe que “hay sentimientos que nacen sin nombre, y uno de ellos es la nostalgia anticipada”. Quizás por eso a veces la sentimos cuando tenemos frío y salimos al sol por la tibieza, o cuando contemplamos el más hermoso atardecer, sabiendo que en unos segundos dejará de estar ahí. Disfrutarlo, sabiendo que terminará, con ese sabor agridulce en las pupilas, anticipándonos a extrañar algo que aún no ha terminado.

La nostalgia es uno de mis sentimientos favoritos. La abrazo fuerte cuando llega, porque siempre siento que es una niña asustada, en medio de lo que quiere, de lo que tuvo o de lo que se irá en algún momento. Solo puedo pensar en lo sola que está allí y en lo mucho que tiene por decir. Así que la abrazo fuerte y me inundo en ella, sabiendo que, aunque es un lugar tibio, no es una casa donde pueda instalarme para siempre.

Mario Benedetti nos recuerda que “el pasado es un buen lugar para visitar, pero no para quedarse”. Y aunque la nostalgia no solo está llena de pasados inconclusos o futuros revueltos, habitarla por demasiado tiempo puede poner en riesgo nuestro presente, que no se detiene para que sintamos con fuerza lo que queremos sentir.

Hay nostalgias que no desean regresar a ninguna parte: solo se instalan, como un clima interior.

Poema

Te visité otra vez, y ahora no sé cómo despedirme.

Estás atrapada entre mis nudillos, me miro y te miro, y los ojos rebosan lágrimas. No he dicho nada, no has dicho nada, pero lo sabemos; sabes que no estoy aquí y, sin embargo, aquí sigo.

Me acaricio la nuca buscando consuelo, pero mis manos están frías, y mi nuca no está. Vuelvo a estar sola y a sentir la necesidad de abrazarme, de acurrucarme con unos nuevos miedos que comienzan a salirse de mis dedos como flores.

Y lo veo: el pasado brillante y el futuro borroso. Intento parpadear para cambiar la imagen, pero mientras más cerca está, más caliente siento dentro y me quemo. No es algo que no tolere, sino como ese sol que pega en la sien cuando los árboles no se mueven: incómodo, pero no mortal.

Luego vuelve la tibieza, y estoy yo conmigo; me puedo abrazar y parece que me mezo dentro de mis pensamientos, se siente cercano y dulce, pero no puedo pensar más. Me quedo en ese bucle en el que no estoy bien ni mal, ni triste ni feliz. Nada me asombra ni me cobija; todo me pica en la piel, la ropa, los huesos y hasta el alma. Quisiera arrancármelo todo, pero no tengo manos, están en otra parte. Quisiera salir de ahí, pero veo mis pies y no quieren, porque, a diferencia de todo mi cuerpo, están cómodos, flotando en algodones, mientras a mí me disparan cuchillos oxidados y luego me regalan flores.

Esta nostalgia es una casa confusa: me hace sentir que vivo y luego me mata.

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