Del amor y el miedo

Del amor y el miedo

“No hay nada más real que lo que no se tiene.” – Kafka a Milena. 

Comencé a leer Cartas a Milena sin una intención consciente de lo que iba a encontrar en sus más íntimas letras. En general, las dudas siempre me surgen cuando empiezo a adentrarme en alguna historia, sobre todo si es real, así que, para mi sorpresa, me encontré investigando todo lo que debía saber sobre él y la razón de su imposible amor.

Milena era periodista y traductora checa. El contacto comenzó porque ella le solicitó permiso para traducir uno de sus cuentos al checo, y eso desencadenó el enamoramiento de ambos. Un amor que, producto de múltiples circunstancias —el matrimonio de Milena, la enfermedad de Kafka y, mucho más que eso, el miedo a todo que vivía en el cuerpo y la mente de este último— se volvió imposible.

Eres el cuchillo con el que me hundo en mí mismo”.
En sus letras existe una dualidad mágica, una mezcla esperada y, en la mayoría de los casos, exagerada entre amor, temor y fragilidad emocional.

El amor es como una cajita que puede guardar cosas, y no como una cosa en su estado único y natural. Está ahí, alimentándose de otras cosas, y esa cajita que un día solo guardaba emoción, mariposas, anhelo y deseo, tiene el mismo espacio para darle la bienvenida a celos, miedos, inseguridades y dolor.

Para esta escritora, esa cajita casi siempre combina algunas cosas de aquí y de allá. Pero cuando el miedo se aferra con fuerzas a sus esquinas, no hay forma de que el amor, con sus increíbles cualidades, sobreviva.

Kafka, aunque en el extremo, no está tan alejado de la realidad de muchos. Nos paseamos por el mundo buscándole todos los pretextos a las personas, caminando de puntillas en nuestros vínculos —la mayoría no tan complicados como los del autor en cuestión— y nos aferramos a la idea pesimista de que todo se irá al suelo mientras vivimos lo que vivimos.

Encontrar una puerta fácil para que el amor pueda acceder es un reto, porque las perillas de esas puertas están oxidadas y unidas al metal, o corroídas por termitas. En ambos casos, o se cae en pedazos antes de que pueda siquiera rozarse, o se muere de frío afuera esperando la bienvenida.

Yo no quiero (Milena, ¡ayúdame a entender más de lo que digo!) no quiero ir a Viena, pues no soportaría el estrés mental. Estoy espiritualmente enfermo, mi enfermedad pulmonar no es más que el desbordamiento de mi enfermedad espiritual.

Siento que no es solo él quien habla, sino el miedo mismo usando sus palabras. Hay amores que se viven como refugio y hay otros que se viven como amenaza. Kafka la ama, pero su amor es tan grande que le duele, lo asfixia, lo hace enfermar más. Le pide ayuda para entender lo que ni él entiende: que el amor también puede destruir. Y yo, que subrayo esta línea, sé que a veces amar es acercarse a algo que quema y quererlo igual, aunque el miedo mande a huir, a mantenerte en la distancia, a no cruzar el límite.

Kafka siempre le ofreció toda la practicidad lejana al amor: un espacio cómodo lejos de su esposo y, también, lejos de él, porque en su mente, sus emociones desbordantes, sumadas a una enfermedad respirando cerca de la nuca, no podrían materializarse en un amor posible.

El amor… podríamos pasar años escribiendo sobre él, podríamos intentar resumirlo en simples letras, pero ningún idioma ha podido capturarlo, porque es imposible arrancar de los ojos, de la piel y del alma un sentimiento que cambia constantemente según quien ame.

Es cierto que hay amores destinados al olvido, es cierto que hay personas que, por más que quieras tener cerca, sabes que significarían la muerte de todo lo que eres —la tuya y la de esa persona contigo—.

Pero me pregunto: ¿Dejarías que el miedo te quite un gran amor?


Inspirada, por algunas de sus cartas, escribí:

No sé dónde estoy poniendo este amor, porque no está en ti, ni mucho menos en mí, que quiero lanzártelo cada vez que te escribo. Estas letras no están conteniendo la intensidad de mis intenciones, y yo, yo solo sé estar roto y herido. Pensarás que quizás el amor se me escapa por estos huecos, pero no, los habita.

Ojalá no doliera tanto, ojalá mirarte como miro a la luna, con ilusión y sin preguntas, aunque en el fondo sé que no entiendo cómo flota allá, tan lejos. Ojalá rendirme como aquellos que no se cuestionan nada jamás, como los que decidieron contemplar.

Pero la verdad es que nos conocemos: no puedes darme lo que quiero, y lo pienso tanto que no sé qué haría si un día, sin más, me entregaras algo… algo más que este poco de letras que a veces acarician mis miedos, pero la mayor parte del tiempo los alimenta.

Este maldito amor no es mío, no es tuyo y no es de él. Está aquí, flotando entre los tres, pero de todos, yo soy el que tiene menos, porque estas ideas lanzadas en este pozo oscuro no saben hacer el amor, no me susurran «te amo», no me alientan en las mañanas a salir de las penumbras, no me humedecen los labios; solo me han dejado grietas, sequedad, deseo… deseo.

Quisiera poder decir adiós o decirte ven; no sé para cuál de los dos necesito más coraje, porque el miedo a que vengas y yo termine destruyéndote es el mismo que a seguir y que esto termine por sepultarme.

La verdad es que hoy me aferro a los recuerdos de tu piel. Imagino que lo bueno que hay en mí se quedó pegado en ti ese día, y que aquí solo me hacen compañía los pedazos de mí que no sirven para nada.

Ojalá amarte y ya, y no vivir con estas incesantes ganas de arrancarme la garganta, y de cortarme las cuerdas vocales, porque no terminan de decir: te amo.

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