Lo conocí. Era adicto a mis besos; exigía de ellos, los escarbaba, buscaba mis manos de una manera casi temeraria, como si fuese incapaz de vivir en este mundo sin mí.
Me susurraba al oído que mi lengua —suya— era el hogar que buscaban sus labios; que el calor de mi cuello lo llamaba en las noches y que dormir sin mis manos sobre su pecho era un suplicio.
Me entibiaba el alma con sus palabras, encendía en fuego todos mis espacios con su cercanía. Cuando mi piel se erizaba, sonreía y me traía de vuelta a sus brazos desde la parte más baja de mis caderas.
Era suya, y él era adicto a mí.
Sonreía entre beso y beso, sujetaba mi quijada cerca de sus ojos y clavaba sus pupilas dilatadas en mi mirada café. Se me caía todo: las bragas, los pensamientos, la decencia, el miedo.
Una vez me dijo que el cielo dejó de existir, que el sol y la luna solo se ponían o salían si mis cuerdas vocales pronunciaban su nombre, agitada, en un tono que aunque seco llegaba mojando todo a su alrededor.
Yo me desprendía de todo: mi piel expuesta, mis ojos en blanco, mis pensamientos desapareciéndose en el espacio. Mi conciencia estaba vacía. Era suya. Él era adicto a mí… y yo dejé de ser mía. Me rendí en sus brazos; olvidé dónde comenzaba mi mundo, porque ser suya era mi manera de estar.
Era adicto a mí, sí. Pero no me amaba.
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